viernes, 22 de junio de 2007

Del medioevo virtual Parte III

Del medioevo virtual

Parte III

Ayer miraba a mi hijo adolescente: tipeaba como un trastornado el teclado de la computadora, mientras ventanas de todo tipo bajaban y subían sin parar. Tenía calzado en sus orejas un par de auriculares con micrófono pero casi no emitía sonido alguno. Estaba totalmente abstraído del mundo real. Para que escuchara mi llamado debería gritar demasiado o tocarlo para que reaccionara. Así y todo, tardaría unos segundos en ubicarse en tiempo y espacio. No me agrada la imagen. Estoy dándole una batalla denodada a la situación y la mayoría de las veces pierdo y me siento una imbécil.
Muchas veces trato, como mamá, de ponerme en el lugar de ellos. Trato fundamentalmente de recordar el momento en que yo tenía su edad y como veía el mundo que me rodeaba. No siempre me da resultado pero a veces me permite quitarle dramatismo a algunas cuestiones. También, acudo a otra estrategia: trato de aggiornarme a los tiempos modernos y comprender. Pero con respecto a la informática y la adicción que produce en ellos no encuentro parámetro que me sirva como elemento válido. No hay forma alguna que me retrotraiga en el tiempo y vea a la adolescente que fui horas y horas frente a un monitor.
Entre las distintas actividades que realiza en la red se encuentra un juego de rol llamado Argentum, un juego de fantasía y rol. Por ello los personajes creados deberán tener un nombre acorde a la temática del juego, evitando cualquier tipo modernismo o alusión alguna a elementos manifiestamente incompatibles con el rol medieval. Los nombres pueden surgir de la imaginación del usuario o bien ser tomados de la historia o la mitología, pero siempre manteniendo una cierta ambientación temporal. Cohabitan magos, piratas, guerreros, cazadores, etc. ¿Cómo escapar de ese mundo? ¿Cómo enfrentar éste sin cruzar la barrera de lo desconocido?
A este juego se suman miles y miles de participantes de todas las edades. Seres que escapan de la vida y su monotonía diaria. Cuando lo pienso realmente un poco de envidia me produce. No esta nada mal escaparse de este mundo cada vez mas oscuro y cruel. Pero la verdad es que he decidido bailar con la mas fea y me propuse rescatar a mi hijo de catorce años del medioevo virtual ( que contradicción no?). No van a creer que me resultó sencillo. Por el contrario, cada batalla que libro fue a través de un denodado esfuerzo y muchas las perdí. Cada vez que me ganó la multimedia me sentí una infeliz. Y sin embargo continúo con mi cruzada por este mundo. Cada noche emprendía la lucha con un libro en la mano. Una vez fue un cuento de Horacio Quiroga que me ayudó a concretar mi victoria parcial. Fracasé, sin embargo, con mi amado Principito. El tema de la boa y el zorro resulto ineficaz. Una tarde descubrí que mi pequeño gigante de poco más de una década podía deslumbrarse con una canción de Charly García. Y así llevó cada día mi tarea de construir sobre cimientos que no sé bien como son de profundos, pero que espero, alcancen para cuando yo ya no sea parte de este mundo.
En estos días, en que pude escaparme a descansar cerca del mar, pensé mucho en esta cuestión. Y me di cuenta, dirán ustedes, ¡chocolate por la noticia!, de cuanto a cambiado la manera de vivir y de comunicarnos; no hablemos en el planeta, en nuestro pequeño círculo de cotidianas vivencias. Mientras tomaba sol en la playa, me aseguré que mi celular estuviera lo suficientemente a mano para escucharlo. Esto, se debía a que mi hija de poco mas de veinte años, andaba de mochilera por Bolivia con un grupo de amigos, con quienes trataría de llegar a la selva de las yungas y donde conviviría , entre otros destinos, una semana con una comunidad afro entre muchas tonalidades de verde y mariposas multicolores enormes. Debido a las delicias de servicio de una de las compañías telefónicas mas importantes del país, no hubo forma de habilitar su línea en el país hermano, por lo tanto a pesar de sus tantas ofertas con M ( acercaMe, mimaMe, disfrutaMe, etc.) la única que fallo fue comunicaMe , con absolutas mayúsculas. Por lo cual solo era posible que me llamara a mi celular o me enviara un mail. Y pensando en el cambio al que refiero, me remonté a la misma situación apenas cinco años atrás, cuando otro de mis hijos realizó un viaje similar pero al sur en una experiencia distinta de viaje de egresados, con un profesor de biología y una de nutrición donde cruzaron parte de la cordillera con mochila y víveres racionados extremadamente. En ese momento ninguno llevó celular, no existían los mensajes de texto. La mitad de la gente que conocía no tenía correo y los que lo tenían no revisaban diariamente. Las cámaras digitales eran de unos pocos privilegiados. El mismo teléfono celular de costo realmente accesible, me permite esperar el llamado de mi hija a la orilla del mar mientras disfruto de unos mates con amigos. Pero también, es una eficaz linterna para algún apuro nocturno. Y una compañía desde la cual escucho una FM local en las caminatas por la costa con el mismo "manos libres" con el que atiendo el teléfono cuando voy conduciendo el auto. Y como esto fuera poco (sonrío recordando al vendedor del colectivo que repetía "útil para el bolsillo del caballero y la cartera de la dama") puedo sacarle una foto a mi perra ovejera cuando se mete al mar y enviársela por el mismo aparato a mi hermano que en Buenos Aires riega las plantas de mi huerta generosamente. La escena se repite en cada metro cuadrado de la playa. Suenan ringstones (palabra que apenas hace un par de años no pronunciábamos) de los mas variados. El mío deja escuchar Start me up de los Stones pero para diferenciar cuando se trata de alguien de la familia que me llama o me manda un mensajito, se oirá el Verano Porteño. A mi alrededor es un concierto de ringstones: gatos que aúllan, katrina de chanes, gallegos que hablan, el bombón asesino, y podría llenar páginas con listados. Como si esto fuera poco, la empresa de la M, me avisa que a partir de ahora y por una suma insignificante diaria podré bajar mi correo de Hotmail y también hablar por Messenger desde mi pequeño teléfono móvil. Y entonces, es cuando pienso que consecuencias traerá este cambio tan inmediato al mundo que veré en el ocaso de mi vida. O lo que es peor, me pregunto, que pasará con las personitas que están creciendo en este mundo tan distinto. Distinto, al menos, del de nosotros. Los que jugábamos en el recreo al elástico o al fútbol con una pelota hecha de medias viejas. Los que andábamos en bicicleta por las calles del barrio hasta que oscurecía. Los que hacíamos picnic el día del estudiante. Los que conocimos un disco que se escuchaba de los dos lados en un aparato al que había que cambiarle la púa. Nosotros, los que no teníamos demasiado apuro y podíamos darnos el lujo de comer con sabores sin conservantes y mirábamos el mundo sin colorantes . Y la cerveza común tenía una espuma tan espesa que desde muy chicos le pedíamos a papá "¿me dejas la dejas probar?". Están creciendo en un mundo distinto, mucho mejor comunicado pero con menos seguridad. Mucho más confortable, pero muy contaminado. Totalmente informatizado: los diarios son virtuales, también los supermercados, los bancos "home banking", las bibliotecas y las consultas escolares, las fotos y los videos, la música, los juegos , las charlas con los amigos, las cartas de amor, las revistas porno, el cuarto oscuro, y así sucesivamente. Pronto los creyentes irán a misa vía Internet. Al fin de cuentas, ya se ven en el mercado celulares que son computadoras y televisión. Y se habla de computadoras que emanaran olores y hasta reflejaran estados de ánimo de sus dueños. No estoy emitiendo juicio de valor, simplemente haciendo una descripción sencilla de la realidad. Inmediatamente vuelvo a pensar en mi hijo y su mundo. Ese al que me es tan difícil acceder y compartir a pesar de dominar la red y la PC y estar aggiornada a la tecnología de los tiempos que corren.
Inevitablemente creo que el avance tecnológico que conllevó a la globalización es un arma de doble filo. La misma arma que aportaron otras tecnologías que nos brindaron confort y velocidad de transporte y comunicación pero una calidad de vida realmente deficiente. Ya no es posible que pueda observar el brillo de las estrellas en la noche de
Buenos Aires por la capa de smog para no decir de los muchos seres que respiran residuos tóxicos en los alrededores del conurbano, donde ya nadie sabe que hacer con la basura. Y mejor ni hablemos del planeta en general. El recalentamiento, el agujero de ozono, los Tsunamis, las inundaciones, en fin. Será tan difícil para el hombre encontrar un equilibrio entre el confort, el progreso y la calidad de vida. ¿La ecuación siempre será en desmedro de la naturaleza? Es decir, de nuestra propia vida.
En estos días, causalmente, mientras escribía estos textos, la empresa líder con la que navego en mi hogar con banda ancha de mas de dos megas me dejó sin servicio por varios días, por primera vez en varios años. Noté que la casa estaba cambiada. La abstinencia, que por otra parte, no tuvo notoriedad durante los treinta días que estuvimos en la costa, esta vez modificaba hábitos de la casa. Mi hijo mayor concurrió a un cyber a la hora programada con su novia que estaba de viaje para chatear. Yo tuve que ir varias veces al banco personalmente, comprar el diario y como seguía de vacaciones no hubo ningún problema mayor. Me pregunté que estaba sucediendo con este mundo
El cibernético vagaba por la casa como un espíritu. En un momento lo descubrí leyendo la nota central sobre Gran Hermano Cuatro del suplemento de Espectáculos de Clarin y pensé realmente en suicidarme, pero la realidad es que si hacía algo infausto dejaría una obra muy mal concluida. ¿Qué diría la humanidad de mi responsabilidad como madres si dejara en este mundo un ser adicto a la Internet, que mira Gran Hermano y escucha sin parar a Damas Gratis cantando "Todo pinta re mal " con el cabello decolorado y lleno de gel hasta para ir a la playa? Y ni hablemos de las materias pendientes de aprobar en marzo. Inmediatamente decidí cambiar de estrategia y me rearmé como un matrix recargado. Me acerqué a él a charlar, mientras almorzamos juntos Mirta Legrand almorzaba desde Mar del Plata, por lo tanto, aproveche para contarle que cuando yo tenía su edad mi mamá miraba el mismo programa de TV con la misma conductora. Ello derivó en una divertida charla de cómo era mi vida y la de los abuelos en aquellos tiempos. Pensé que la lucha se libra cada día, en cada circunstancia, en cada actitud frente al presente. También reflexioné acerca de la familia como núcleo de la sociedad y me sentí un poco pacata. Finalmente yo era una chica de los setenta. Esa tarde, tome unos mates, sola en la cocina y sentí que el triunfo era algo inevitable, nada era mas fuerte que el amor para ganar y guiarme en ese camino. Desde la sala se oía música, era él, que esta vez escuchaba a Las Pastillas del Abuelo. No estaba mal. A pesar de los tiempos virtuales, un adolescente sigue buscando su tribu y su espacio donde transgredir. Y es uno, el adulto, una vez mas el mayor responsable de contenerlo y orientarlo por esta camino de adolecer que finalmente todos transitamos alguna vez.
Y si no se acuerdan, desempolven allí en un cuarto olvidados LPs y, tal vez aparezca "Confesiones de invierno" aquel larga duración donde Charly y Nito cantaban: "Y tuve muchos maestros de que aprender. Todos conocían sus ciencias y el deber. Nadie se animo a decir una verdad .Siempre el miedo fue tonto." Y veinticinco años después, seamos sinceros con nuestros adolescentes y con nosotros mismos. Así, tal vez, ni ellos ni nosotros, volvamos a tener miedo de nada. Ni siquiera de la seductora y adictiva era de la Internet.

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